Verano sin fecha de mi infancia, tiempos en los cuales el Sol hacia su trabajo como debía y la temperatura
se posaba en los 40 grados sin problemas. Con los chicos jugábamos a la
pelota en frente de mi casa a cualquier hora. La reja roja,
vieja y oxidada era el arco en el cual nos disponíamos a
jugar al ''25'', ''metegol'', o a los penales. ¡Arco traicionero si los había! A
simple vista era una reja débil sin alma pero venía con un imán para pelotas en sus puntas y sin dudas que
funcionaba de una excelente manera. Como límite de
la cancha teníamos la
casa del ''viejo del frente''. Alambrado de un
metro y medio de altura era el portón de su casa. De esta cuidaba un perro que de cachorro parecía que iba a ser un ''perro policía'' pero los años lo traicionaron y terminó siendo un ‘’perro civil’’
(en las personas pasa lo mismo cuando dicen ‘’te juro que de chiquito era lindo
y ahora no sé que me pasó’’).
Recuerdo que las
pelotas que usábamos tenían cierta tendencia a caer dentro de esa casa y a jugar
hasta reventarse con el perro. Y cuando quedaban vivas el ''viejo'' las
pinchaba. Rara vez las devolvía, aunque nosotros siempre llamábamos y las
pedíamos. El que la tiraba la tenía que ir a buscar
(la ley de la vida). El mecanismo era el siguiente: acercarse al alambrado,
medir si no se puede agarrar el balón con la mano, en caso de que no, tragar
saliva, encomendarse a Dios, golpear las manos y decir ‘’señor! Señor! Me pasa
la pelota’’.
Mi vieja (mientras mi papá parchaba y nos cocía las pelotas) siempre nos decía que no lo molestemos ya que él era sereno y a la noche trabajaba. Con el tiempo fui descubriendo el otro significado de la palabra ''sereno'' y comprendí que el ''viejo del frente'' no era tranquilo sino que cuidaba de noche un galpón.
Mi vieja (mientras mi papá parchaba y nos cocía las pelotas) siempre nos decía que no lo molestemos ya que él era sereno y a la noche trabajaba. Con el tiempo fui descubriendo el otro significado de la palabra ''sereno'' y comprendí que el ''viejo del frente'' no era tranquilo sino que cuidaba de noche un galpón.
Con el tiempo asfaltaron la calle de Leo y la cancha invisible se mudó 50 metros, y junto con ese cambio las
rodillas empezaron a sangrar . Hoy tengo 23 años y ya no juego a la pelota
enfrente de mi casa ni en lo de Leo ni
tampoco me sangran las rodillas, el ''viejo'' del
frente pasó a llamarse ''señor'' del frente. A veces me lo cruzo cuando voy a
la mañana a tomar el bondi. Él vuelve de su trabajo, yo voy. Siempre hay una mueca cómplice en el ''Buen día'', supongo que en esa mueca yo silenciosamente le perdono el hecho de
pinchar mis pelotas de futbol
con total impunidad y él me perdona (y nos perdona) el hecho de no dejarlo dormir en sus ratos de descanso.
Su perro una noche
aprovechó que el portón estaba abierto y nunca más volvió. ¿Se perdió o se
escapó? No lo sé... son secretos que el
pasado prefiere llevarse a la tumba.
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