sábado, 12 de enero de 2013

Un poco de whisky al fuego


Con gran esfuerzo coloca la llave en herradura.  Entra a su casa y cae sobre el frío suelo que lo recibe como siempre: insensible. En el piso siente como todo el mundo se ríe de él. Como el techo, los muebles,  y su cabeza giran y giran y giran sin parar.  Se abraza como puede a la pata de una silla y llora (y sufre su llanto) como si fuera un sentimiento nuevo. Entre mocos, baba y lágrimas y con la boca con gusto a whisky, se dejaba dominar por la situación.    

Fue una noche dura, triste y dolorosa. Él solo contra el alcohol; un viejo enemigo, un viejo amigo.  Agarró el auto y apenas se hicieron la nueve de la noche se alejó lo más que pudo de su barrio. Quería escapar de esa bola de nieve que cada día que pasaba se agrandaba y reclamaba más de él.  Y no sólo esa bola era fría, también era dura, exigente y estaba llena de futuro. Entró a un bar de las afueras de la ciudad, había más suciedad que música, las ratas bailaban un rock and roll con las cucarachas. Lo atendió una mujer de aproximadamente unos cincuenta años, morocha de ojos marrones y con una cicatriz en la frente, y alguna que otra historia de muerte para contar (pero esto él no lo podía ver a simple vista).  Él pidió el whisky más caro, ella llenó el vaso y se fue moviendo sensualmente el culo que él  miraba. Luego de examinar el ir de la moza, clavó los ojos en el vaso y los ojos le devolvieron la realidad en un paquete de dolor.  Se desesperó, tomó en el líquido del vaso en dos veloces intentos, cómo si por hacerlo de esa manera las molestias del corazón duraran menos. 

La penumbra se había sentado al lado de él. Iba por el quinto whisky y la noche por el sexto.  Se preguntaba porque no había tenido el valor necesario para decirle que no, que no estaba preparado, es más que ya no quería saber nada, ni de ella, ni de….uff cómo le costaba decirlo. Otro trago más al dolor, así desde arriba, el veneno cayó de lleno en el estomago, sin escalas. Más nafta al incendio, más ramas, más neumáticos, más todo lo que sea inflamable.
Si no fuera tan cagón habría tirado el vaso con la pared, gritar con todo su dolor, pegarle un piña fuerte a la mesa…y que se venga lo que se venga,  cuchillos, piñas, moretones, etc,etc, y más golpes.  Pero no lo hizo, pocas veces en su vida tuvo las agallas necesarias para hacer la cosas de primera, sin pensarlas,  hacer por hacer, tirar el dado y que salga el número que la suerte quiera, pero no, él prefería la calma, esa aburrida y estúpida calma. 

La madrugada llegó. Su celular tenía más de veinte llamadas perdidas (también pensó en tirar a este contra la pared). Cada vez que sonaba era  una mojada en la oreja a su furia. ¿Por qué había dicho que si? ¿Por qué dejó que el tiempo le pase por encima con botines con tapones de aluminio? 

Pagó, dejó propina, y se fue tambaleando hacía el auto. Ya adentro de este, insertó como pudo un cd de Metallica y puso en marcha el vehículo. Avanzó por la ruta, varias veces pensó en girar el volante contra otro auto y acabar con la vida de él y de bonus track llevarse la de otro infeliz que tuviera la desgracia de toparse con un borracho sufrido en vuelto en una rabia nunca antes vista en él. Está demás decir que no lo hizo.  El cd sólo llegó al cuarto tema, ni una piña al stereo lo hizo seguir.  Se sintió desbordado, cegado, inmóvil de pensamiento, no tenía nada más que hacer sólo que someterse a lo que él se había negado de la boca para dentro pero había afirmado como un mayordomo (si amo) de la boca para afuera.  Tuvo que parar para vomitar. Una vez que terminó con escupir lo que el cuerpo no pudo soportar pateo el auto de tal forma que su pierna derecha le quedó doliendo. Lo siguió pateando, la puerta derecha quedó un poco abollada pero la peor suerte se la llevó su pie derecho, con dos uñas rotas. Subió al auto con el sol de fondo y su presente y futuro de frente. En una semana se iba a casar con alguien que no amaba y el traje le calzaba de diez. 

miércoles, 24 de octubre de 2012

Sueño



Te soñé. Como si no hiciera falta pensarte en el bondi, en los semáforos en rojo, en la demora del subte, en mi demora, en fin; como si no bastara con pensarte con los ojos abiertos. En realidad no te soñé, osea, el sueño no era para vos, quiero decir, el sueño no estaba relacionado con vos, pero como siempre, hasta en los sueños, aparecés de golpe, con o sin sentido, y cambias el rumbo de mi fin.
Creo que apareciste cerca de mi despertar. Tu cara entró en mi sueño y borraste todo lo que antes había creado vaya uno a saber qué parte de mi cerebro. ¿Será la misma que te piensa, te quiere olvidar y te vuelve a pensar? ¿O ese seré yo y le estoy echando la culpa a una parte de mi cerebro?
Ahora no recuerdo si era una pesadilla lo que estaba soñando y llegaste a rescatarme (la verdad que no creo, no tenés pinta de heroína) o era un gran sueño y llegaste para arruinarlo (por acá, puede estar la verdad). Me desperté y dije ''pero la pucha, otra vez me desayuno con vos. Hoy no voy a pensarte''. Qué iluso que soy a veces, como si pudiera manejar mi pensamiento, como si pudiese elegir cuando recordarte y cuando no, o por lo menos saber de antemano cuando va a llegar tu recuerdo y así, ponerme una campera, cerrar los puños, morder los labios, y aguantar tu tempestad.
El café con leche está sobre la mesa, las galletitas dulces también. El diario con olor a diario completa el desayuno. En la tapa está Messi, se lo ve feliz. Llego a la estúpida e inverosímil conclusión de que el astro argentino tiene esa gran sonrisa porque no soñó con vos. Me río en voz alta de las boludeces que llego a pensar a las ocho de la mañana. Termino el café con leche, dejo alguna que otra galletita, el diario está por la mitad, Messi sigue sonriendo al igual que vos; pero él en la tapa de un diario y vos en mis recuerdos con olor a diario.


martes, 21 de agosto de 2012

Tu barrio y mi noche.



Y la noche entró a comer. Y el auto (conmigo en su interior) ingresó a un barrio fantasma. Voy cerca de tu casa, la que jamás visité. Nunca pise tu barrio, ni en las nuevas, ni en las viejas épocas. Pero me sé de memoria el camino a tu casa. Con los ojos vendados y enceguecidos, rengo y mal dormido, puedo golpear tu puerta, puedo abrir tu ojos. No importa que me cambies los olores de tu cama siempre llego para soñar que hago una trinchera en tu almohada, para poder perder cerca tuyo. Es un barrio de casas bajas y árboles enanos, de perros con ojos de luciérnagas que aúllan en la oscuridad, de barro y barro, de brujas sin escobas, de recuerdos con siete vidas. Es tan parecido a lo que nunca me contaste. Mejor aún, así puedo dibujarte sobre esta hoja negra; estás flotando en una esquina enamorando a los colectivos, dejando caer de tu pelo oscuro (de noche y estrellas) las dudas sobre las alcantarillas,mientras que con tu risa volvés inmóvil al tiempo, paralítico y de madera.
Frente al auto se cruza un Siberiano amarillo, lo más parecido a un lobo que pudo dibujar la noche, y el viento mueve una montañita de polvo; lo más idéntico a un tornado que pudo crear el clima mientras moría de sueño. El chofer baja la velocidad en las lomas de burro y en tus recuerdos. Yo apoyando mi cabeza sobre el marco de la ventanilla miro los alambrados, las ramas y tus sueños. Siento que pasé mil veces esta escena. Siento que escribí doscientas cuarenta veces está noche. Me sorprendo al comprobar que te miré más de nueve siglos sin pestañear.

Voy escapando de tu barrio, apuras penas, como un ladrón de gallinas de huevos oro. Me despido abriendo los ojos para no imaginarte, cantando bajito para no escuchar los reproches de mi alma (que está aburrida de extrañarte). El auto volvió a su ruta normal. Los árboles,tu barrio, tu fantasma y el Siberiano amarillo silban a modo de despedida el silencio de mi noche.

miércoles, 15 de agosto de 2012

El metegol


La etapa de la primaria es una vida dentro de las varias vidas que recorre el ser desde que absorbe intuitivamente, y a la vez casi sin querer,  el primer sorbo de aire hasta que la oscuridad del ataúd toma el color, la realidad, y la forma de un punto final.  Son los primeros años de escuela en los cuales se dan y quedan pegadas en el guardapolvo y en las paredes de la memoria, cientos de anécdotas que al encenderse se esparcen en el presente como miles de bolitas desparramándose lentamente en un piso eterno de cemento.
Época de Romeo y Julieta (amores imposibles), de poligamia (varios amores a la vez), de amistades  verdaderas (esas que perduran en las demás vidas), de amores degenerados (enamorarse de la señorita), de no conocer la mentira y por ende la falsedad, historias de dientes de leche,  historias de mancha congelada, de pantalones rotos en las rodillas, etc, etc.  
No recuerdo muy bien mi edad cuando apareció mágicamente (como algo que siempre estuvo) en la puerta del quisco que estaba al lado de la escuela. Pero el ruido gris clarito de la pelotita impactando con total impunidad en la red de metal se mantiene inmortal en mi memoria auditiva.  Era un metegol.  Ciento por ciento de fierro. Un estadio en miniatura con veintidós gladiadores divididos equitativamente en el verde (desteñido) plástico campo de juego.  Once jugadores rojos contra once jugadores  amarillos, una pelota (siete en realidad) y un árbitro invisible. El partido costaba diez centavos o cinco centavos envuelto en un papel fino; se depositaba la moneda  en la herradura, luego se tiraba de una manija y, si se hacía correctamente, se escuchaba el glorioso ruido del derrumbe de las pelotitas.
El metegol era furor en la escuela y en la cuadra. De tal manera que venían otros colegios a jugar.  No sé en qué momento se germina el ‘’código’’ de la lealtad, porque a pesar de que muchos chicos querían jugar al metegol se respetaba a quienes estaban jugando y las fichas que tenían. El respeto ante todo. Aunque siempre había algún vivo que mientras se estaba disputando el partido se adelantaba y ponía sus diez centavos.  ‘’Te juego por la ficha’’ (siempre se decía ficha a pesar de que ése metegol era con monedas) era una frase recurrente para iniciar los duelos.  Casi siempre se jugaba de a cuatro (dos contra dos), pocas veces había ‘’singles’’.
Los buenos jugaban sin ‘’molinete’’, sin gol del medio, con ‘’gol de chancha vale doble’’ (chancha era el arquero) y ‘’zapatero paga la ficha’’. Uno a simple vista ve a los jugadores metálicos y saca la conclusión de que sólo le pegaban a la pelotita y nada más, que en eso se basaba el juego, pero le juro que había cada uno de los chicos que los hacían tener vida: la pisaban, la traían para acá, le pegaban con chanfle, hacían volar a los arqueros, hasta he visto goles de chilena o de un metegol a otro.    
Con mis compañeros jugábamos siempre a la salida de clase. Durante el día mendigábamos monedas y las asesinábamos a la tarde.  Yo no era muy bueno que digamos; arranqué de mitad de cancha para delante pero mi poca virtud me llevó encontrar mi mejor versión defendiendo, y tampoco era una maravilla. Eso sí, lo disfrutaba muchísimo.  El puño de mi camisa blanca se iba negro al terminar los partidos por culpa de la grasa o el aceite (no recuerdo bien qué era) que tenían los brazos del metegol.  Como llegaba muy tarde a mi casa mi vieja me decía ‘’estuviste jugando al metegol, qué te dije Adrian, basta de llegar tarde’’ y yo con los puños y las manos llenas de evidencia trataba de hacer sin éxito lo más difícil (tan difícil que rozaba lo imposible): engañar a mamá.
La formación inamovible de ese metegol era un 3-4-3 (tres defensores, cuatro mediocampistas y tres delanteros). Para mí, el puesto más injusto era el del arquero. Debía parar la pelota como cualquier arquero de cualquier deporte pero con una diferencia tan notoria que lo hace el puesto más  arduo: no usaba las manos (porque no tenía o estaba abrazado al caño, para no caerse), debía evitar el fracaso solamente con su tranco o su cara. Era lo más parecido a un delincuente o preso político al cual llevan al paredón de fusilamiento. ‘’Disparen que acá estoy yo’’ hubiera dicho si Dios le hubiese dado el privilegio del habla. También tenía que luchar con los intentos de gol en contra de sus compañeros. El lado positivo era que su gol casi siempre valía doble, no es para menos con todo lo que tenía que sufrir.
Culpable de risas, broncas, retos, amistades, euforia. Culpable de recuerdos imborrables. Culpable de nostalgias. Quién diría que un montón de fierros significaría tanto. La infancia lleva tatuada esa cancha de metro veinte de altura en el brazo. Hoy los metegoles están en peligro de extinción, pero cuando encuentro alguno en los cumpleaños de mis primitos retrocedo en la edad y el pibe que jugaba horrible pero lo disfrutaba como a nada en el mundo, se pone en posición defensiva, se le pianta una mueca de placer y se olvida que su mamá lo va a retar si llega tarde a la casa con la camisa manchada de negro felicidad.



domingo, 22 de julio de 2012

''Yo si me suicidio va a ser un domingo a la tarde''


Muchos dicen que una vez se hizo un estudio (en Estados Unidos como todos los estudios que se hacen) en donde se refleja que los domingos son los días en los cuales se producen más suicidios. A ese ‘’estudio’’ todos lo dan por sentado. Nadie se pregunta si de verdad se hizo o fue un chiste de sobremesa que tomó tanta sopa que terminó siendo un mito y de ahí llegó a ser una verdad irrefutable.  La gente prefiere creer antes que ponerse a pensar.

‘’Yo si me suicidio va a ser un domingo a la tarde’’ dice un gran amigo mío. Y ahí, en esa declaración, se ve algo que los estudiosos de Estados Unidos pasaron por alto. El domingo se pone heavy entre las dos de la tarde y las nueve de la noche.  En ese horario al ser humano se le cae la venda de los ojos y se da cuenta que no tiene que pensar en el trabajo, que el sábado se llevó al cansancio, y que es ‘’libre’’ y que esa ‘’libertad’’ lo asusta.  Uno se encuentra con uno mismo, desnudo, frente a un espejo. Y eso lo desespera.  El ‘’ uno’’ del espejo le dice ‘’¡ahí tenés papá! ¿Vos no querías descansar? ¿Vos no pedías a gritos el domingo? Ahora pedís por favor algo para hacer…’’.

El domingo se caga de risa de todos. Es el más jodón de los días. Por ejemplo, a mí, hoy,  me dibuja un panorama excelente (para él): tos destructiva (de esas que la gente te mira con lástima  y hace caras de preocupación cuando toces), mi viejo escuchando máximo volumen un mp3 de Raphael, mi vieja cantando temas de Raphael en el lavadero.  El domingo y la fiaca son amigos desde chicos, se conocen desde jardín. ¡Hasta Dios descansó un domingo!  Ahora pienso que Dios vive en un eterno domingo y como está tan aburrido se pone a jugar con la vida de cada uno o inventa terremotos y todos esos desastre naturales que los ambientalistas nos echan la culpa a nosotros. Mirá si por tirar un papelito en la calle voy a hacer que en verano haga 45 grados de calor y se mueran los osos polares. No tengo tanta fuerza. Por ahora…
A veces me veo en una batalla al estilo lejano oeste contra el domingo. Ambos con sombrero, varios cactus, buitres  merodeando la zona, el revólver del lado derecho, ‘’cuando den las 17.00 comenzará el duelo’’, el cadillo volando (la bola de espinas)  y el rechinar de los caballos. Por supuesto siempre gana él.  Yo mal herido no puedo escribir, me encierro en la pieza, veo las horas pasar, busco telarañas (que no hay) en el techo, me quejo, me ‘’desquejo’’ y me vuelvo a quejar.  

Tendríamos que definir de quién es la culpa de que el domingo sea tan suicida. ¿De nosotros? ¿De los científicos de Estados Unidos? ¿De Dios? ¿De los buitres del lejano oeste? ¿Del mismo domingo? Quizá la culpa es compartida o quizás nadie la tiene.  Lo bueno de este día, es que te hace reflexionar. Si te molesta por algo será. Funciona de piedrita en el zapato y eso está bueno.  Hay que salir del domingo interno ¡Hay que gatillar más rápido que él!  

Seguiría escribiendo pero la fiaca y la siesta me llaman desnudas desde el somier. 

sábado, 30 de junio de 2012

El azar,el destino,el tiempo y dos pares de medias



El otoño regalaba un lunes con una fina lluvia tiernamente molesta. Día húmedo y desgastante. Así se empezaban a distribuir las piezas de ajedrez de la mañana. Yo era el rey. Ese rey torpe que sólo se mueve de a un casillero por turno,  al que le cuesta comer hasta a los peones y que vive con la sombra del ‘’jaque mate’’ sobre la cabeza, con el puntito rojo sobre la sien del mejor francotirador de la tierra. En cambio ella cada vez más disfrutaba de su mote de ‘’reyna’’, de la libertad, de su pelo oscuro al viento, de la lluvia débil que muere sobre su piel, del ir y venir entre los alfiles, los caballos y las torres. Todavía me sigo preguntando si yo era un rey o un peón al que la corona se le caía de la cabeza.

Habíamos acordado (como tantas otras veces) encontrarnos en un bar en donde se confunden  Callao y Corrientes. Llegué primero (como nunca). Dudaba si esperarla dentro o fuera del bar. Dudé de todo. Abrí la puerta, entré, me acerqué a la mesa y dudé otra vez. Las dudas se me caían de los bolsillos, me brotaban de las orejas, me picaban como pulgas a un perro vagabundo; era inexplicable e ilógico mi sentimiento: ya nos habíamos visto muchas veces, me conocía de memoria su risa, su tic de acariciarse el pelo cuando está nerviosa, sus frases creativas y también habría logrado cierta simpatía con su inseparable y exótica cartera violeta. Entonces ¿Por qué me sentía tan intranquilo?... Salí del bar. Pispié  el cielo de reojo  y prendí un cigarrillo. Miré el reloj, volví a ojear el firmamento y al bajar la mirada a la calle mis ojos se perdieron entre los autos que iban en marcha lenta, gritando, frenando y volviendo a avanzar; me hacían acordar a un reloj al cual le cuesta horrores mover la aguja del segundero. El tiempo se había acoplado a la humedad del día y pasaba de manera lenta y pegajosa… y Clara que no llegaba.

Pasaron diez minutos y el mundo seguía igual desde que había salido del bar. Me iba impacientando, su bendita costumbre de llevarse bien con los horarios prefijados iban sumando más agua al balde de mis nervios. Calmé la ansiedad cambiando de foco mi atención: un vendedor ambulante se distinguía entre la gente vendiendo medias de algodón; se presentaba, hacía algunos gestos, sus ojos tristes (de antifaz o no) no coordinaban con la risa pícara que trae consigo la calle. Lo observé un tiempo largo, había logrado vender tres pares, y por dentro pensé que mi mirada le traía suerte. De repente el vendedor se da cuenta que lo estoy mirando y se acerca hacía a mi ’’¿Señor, quiere comprar dos pares de medias a diez pesos?’’, le hice el gesto negativo con la cabeza pero él insistió, me dijo que las toque para que compruebe la calidad; tuve que aceptar sin remedio. Pasó un minuto entre el ‘’tira y afloje’’, entre el ‘’no gracias y el ¿está seguro?’’, entre mis negaciones  y sus súplicas. Siempre me costó decirle que ‘’no’’ a la gente, desde chico nunca entendí el por qué de mi actitud que me negaba a negar. Cuando estaba por ceder ante la presión del vendedor alguien desde atrás me toca el hombro.

Fueron dos golpes tímidos, cariñosamente tímidos. A pesar de que tenía una campera puede sentir los dedos de quien pedía mi atención. Antes de darme vuelta para ver quién era, puede descubrir en la cara del vendedor que esa persona era distinta. Me doy vuelta y era ella; su pelo oscuro no llegaba por algunos centímetros a sus hombros, su cara de tez extremadamente blanca y su nariz tallada por un Dios escultor era lo más hermoso que rondaba por la zona de Balvanera a las diez de la mañana. Vestía unos pantalones Oxford, una camisa escocesa y un saco oscuro, y sus pies estaban protegidos por unos borcegos. Nunca había estado tan linda. La belleza que la rodeaba ese día nunca la pudo repetir, fue para ella (en realidad para mí, el observador y juez de esta apreciación) como lo fue ‘’Don Quijote’’ para Cervantes, ‘’Cien años de soledad’’ para Garcia Marquez , la ‘’Insoportable levedad del ser’’ para Kundera: una obra única e irrepetible. Me quedé tan estupefacto que me olvidé del vendedor, solamente giré la cabeza y con ella todo mi cuerpo.

-Hola. Perdón por el retraso- Dijo con una sonrisa  que la convertía en inimputable hasta de un triple homicidio a plena luz del día.
-No te hagas problema. Me salvaste de comprar un par de medias que no quería. (El vendedor se había ido en busca de otros clientes). No sé si será el lunes, o el otoño, o mis ojos, o qué, pero vos estás muy linda.- Lancé sin pensar sintiendo vergüenza ajena de mi nulo control de las palabras.
- Gracias. Definitivamente esto de hacerte esperar te convierte en más piropeador. ¿Qué hacemos?
-¿El mismo bar de siempre?- Respondí preguntando y  sintiendo el mismo molesto pensamiento anterior ¡era más que obvio que ella quería hacer otra cosa!
-¿Te parece? Mejor caminemos…- Contestó sutilmente



¿Qué me pasaba con Clara? Difícil de explicar. Nos conocíamos desde la primaria. Hicimos juntos sexto grado en horario de la tarde hasta que ella se cambió a la mañana y un año después de Colegio.  Nos volvimos a cruzar (ya veinteañeros) en una fiesta de conocidos y a partir de ahí empezamos a tener más contacto. Las casualidades que a veces presenta sospechosamente la vida nos mostró que trabajamos cerca. Ambos a pocas cuadras del Congreso. Callao y Corrientes era nuestra figurita repetida. Desde el primer momento del segundo encuentro mi mente la trataba de otra manera. Ella era una mezcla de pasado y presente. Clara fundía el tiempo y lo transformaba en aire, un aire que llenaba mis pulmones y me confundía más y más. De chico estaba enamorado perdidamente de ella .Cada vez que recuerdo ese beso que nos dimos jugando a la botellita en un cumpleaños una comparsa de mariposas albinas invade e ilumina mi interior pintado de oscuro.  Es imposible que pueda dividir, despegar, separar, el recuerdo de ella con su presente. Las dos Claras me noquean.

Caminábamos sin rumbo, como línea invisible tomamos Callao, cruzamos Av Córdoba y llegamos a una plaza. En esas cinco cuadras, ella tomó las riendas de la conversación y yo sólo atinaba a contestarle y prestarle atención. Nos reímos de una señora que tenía un tapado chistoso y de un señor que cantaba cumbia en voz alta. Era una caminata agradable. La notaba distinta a Clara, su forma de mirarme no era la misma que siempre, había una luz invisible en sus ojos cuando se fijaban en mí, que me hacía brotar un dejo confianza. Nos sentamos en un banco despintado.

Hablamos diez minutos más y nos besamos. Repetimos el mismo episodio luego de más de quince años, pero esta vez el azar de una botella que gira no tuvo nada que ver.  ¿O si? ¿Tal vez la historia ya estaba escrita por ese beso? ¿Tal vez el destino lo había anunciado en ese cumpleaños y no nos dimos cuenta? ¿O tal vez fuimos en contra del destino y la suerte? Quién sabe…Le pregunté si recordaba ese cumpleaños, me contestó que no pero hizo memoria y luego con una risa le dio la bienvenida al recuerdo. Encontré una botellita que estaba tirada al lado del banco, me puse en frente de Clara, puse la botella en el piso y la hice girar; apuntó a cualquiera lado, entonces con mi mano modifiqué la dirección y volví a besar a Clara.  Luego seguimos hablando de su vida y de la mía, de Capital Federal, y de todo lo que se nos venía a la mente. El silencio que se daba en nuestra charla ya no era algo incómodo, es más, era reconfortante. Nos levantamos y la acompañé a tomarse el colectivo. Subió y yo (como en toda escena romántica) esperaba su saludo desde arriba, pero no ocurrió. Habíamos quedado en volver a vernos. Volví a Callao y Corrientes caminando a paso lento, sin mirar a la gente, ni escuchando a los autos, sólo recordando lo que hasta hace un momento era presente.

Antes de bajar a la boca del subte, escucho una voz que me parecía conocida. Era la voz del vendedor ambulante. Estaba de espaldas a mí tratando de venderle las medias a una señora que parecía espantada ante su forma de exponer el producto. La señora le dijo que no y aceleró su paso. En ese momento le toco la espalda, el vendedor sorprendido  se da vuelta y antes de que éste diga algo, lo miro, le sonrío y le digo: dame dos pares, por favor…



    
 




miércoles, 13 de junio de 2012

Estación Constitución


El reloj me avisa algo que mi mente ya se había enterado: hora de irse del trabajo. Apago la computadora, recojo mis cosas, saludo a los que quedan y me voy. Camino a paso rápido unas cuadras y cuando estoy por llegar a la parada del colectivo, veo que este va a llegar antes que yo; aplico ese ''nitro'' que poco abunda a las 18.30 horas en el cuerpo y con la lengua afuera (y gracias al semáforo en rojo) llego a la parada antes que el mastodonte de cuatro ruedas manejado por un mastodonte de bigotes.
A veces me pongo a pensar qué significa la vuelta del trabajo a la casa para las personas. Creo que mientras más lejos de tu hogar queda tu puesto de laburo más valor le das a esas ''horas perdidas''. En mi caso la vuelta es de aproximadamente dos horas. Hay gente afortunada que su retorno consta de menos de media hora y me animo a decir que a eso no se le puede llamar ''vuelta a casa'', no merece ser tener ese rótulo.
Una vez arriba del colectivo que me va a llevar a Constitución es fácil descubrir quién lo toma para volver a casa y quién para otros fines: la mirada es distinta, el movimiento del cuerpo, el tono de voz, la resignación, la poca paciencia, etc. Veo por el cuadro del bondi que la tarde se va acostando sobre el horizonte y poco a poco se va vistiendo de noche. El ''28'' llega a Constitución, toco el timbre y conmigo bajan varias personas.
 Constitución es una de las ovejas negras de la europea Capital Federal. Es el tío borracho, drogadicto y mujeriego de la familia hecha y derecha de apellido compuesto y perlas caras. Esta terminal va cambiando de forma  según la hora del día: a la mañana es presa del caos, de la velocidad, del reloj, de la puteada, de la tortilla caliente a cuatro pesos, del ruido,  de la vida y de las palomas; a la tarde tiene aroma a las largas filas de gente que esperan volver a su casa, a las golosinas baratas, a las calles mal cruzadas, a los borrachos que lloran penas ajenas y propias, al ‘’uno con veinte por favor’’, a  las prostitutas y travestis que compiten por el rating, a los pungas, al superpancho  con papas y coca, a los autos en cámara lenta, a los africanos que venden anillos y al retraso del tren; a la noche su figura se viste de miedo al miedo, se llena de ratas, se droga con poxiram, se convierte en un nene castigado por el pasado, por presente y por el futuro, pide monedas como un zombi-borracho ,  asoma la nariz sobre los árboles con olor a meo, manguea al igual que los policías corruptos, duerme bajo el autopista y le duele la panza por comer algo caliente… Constitución es eso y mucho más.  Ocupa un lugar en la vida de las personas que pasan por ella, pero tal vez nadie se da cuenta.  Constitución tiene dos hermanas: Retiro y Once;  poseen  el mismo color de ojos, la misma nariz, los mismos problemas, la misma mugre que meter bajo la alfombra...
Una vez sentado en el colectivo en viaje para Varela, desconecto mi mente y me desmayo por un rato largo.  No sé cuantos días pasan, ni cuantas primaveras, ni cuantos fines del mundo, pero cuando me despierto (todavía en viaje) tengo la sensación de que es otra vida y me cuesta entender  todo lo que me rodea. Ese proceso de negación a la realidad se va en cinco minutos. Arrastrándome llego  a tocar el timbre, desciendo y emprendo mi camino a pie. Piso las cuadras que quedan y cuando llego a mi casa me recibe mi perra con una sonrisa de par en par, mi gato con ganas de  jugar, mi vieja con un beso y una caricia, mi casa con la calma de siempre, mi papá con las noticias de Boca. Llego a mi cama, lanzo mi mochila y mi campera contra ella, desde la cocina se escucha: ‘’Adrian te hice supremas con puré’’, me miro al espejo y con una mueca de felicidad grito para mi interior: la pucha que vale la pena estar vivo...