sábado, 12 de enero de 2013

Un poco de whisky al fuego


Con gran esfuerzo coloca la llave en herradura.  Entra a su casa y cae sobre el frío suelo que lo recibe como siempre: insensible. En el piso siente como todo el mundo se ríe de él. Como el techo, los muebles,  y su cabeza giran y giran y giran sin parar.  Se abraza como puede a la pata de una silla y llora (y sufre su llanto) como si fuera un sentimiento nuevo. Entre mocos, baba y lágrimas y con la boca con gusto a whisky, se dejaba dominar por la situación.    

Fue una noche dura, triste y dolorosa. Él solo contra el alcohol; un viejo enemigo, un viejo amigo.  Agarró el auto y apenas se hicieron la nueve de la noche se alejó lo más que pudo de su barrio. Quería escapar de esa bola de nieve que cada día que pasaba se agrandaba y reclamaba más de él.  Y no sólo esa bola era fría, también era dura, exigente y estaba llena de futuro. Entró a un bar de las afueras de la ciudad, había más suciedad que música, las ratas bailaban un rock and roll con las cucarachas. Lo atendió una mujer de aproximadamente unos cincuenta años, morocha de ojos marrones y con una cicatriz en la frente, y alguna que otra historia de muerte para contar (pero esto él no lo podía ver a simple vista).  Él pidió el whisky más caro, ella llenó el vaso y se fue moviendo sensualmente el culo que él  miraba. Luego de examinar el ir de la moza, clavó los ojos en el vaso y los ojos le devolvieron la realidad en un paquete de dolor.  Se desesperó, tomó en el líquido del vaso en dos veloces intentos, cómo si por hacerlo de esa manera las molestias del corazón duraran menos. 

La penumbra se había sentado al lado de él. Iba por el quinto whisky y la noche por el sexto.  Se preguntaba porque no había tenido el valor necesario para decirle que no, que no estaba preparado, es más que ya no quería saber nada, ni de ella, ni de….uff cómo le costaba decirlo. Otro trago más al dolor, así desde arriba, el veneno cayó de lleno en el estomago, sin escalas. Más nafta al incendio, más ramas, más neumáticos, más todo lo que sea inflamable.
Si no fuera tan cagón habría tirado el vaso con la pared, gritar con todo su dolor, pegarle un piña fuerte a la mesa…y que se venga lo que se venga,  cuchillos, piñas, moretones, etc,etc, y más golpes.  Pero no lo hizo, pocas veces en su vida tuvo las agallas necesarias para hacer la cosas de primera, sin pensarlas,  hacer por hacer, tirar el dado y que salga el número que la suerte quiera, pero no, él prefería la calma, esa aburrida y estúpida calma. 

La madrugada llegó. Su celular tenía más de veinte llamadas perdidas (también pensó en tirar a este contra la pared). Cada vez que sonaba era  una mojada en la oreja a su furia. ¿Por qué había dicho que si? ¿Por qué dejó que el tiempo le pase por encima con botines con tapones de aluminio? 

Pagó, dejó propina, y se fue tambaleando hacía el auto. Ya adentro de este, insertó como pudo un cd de Metallica y puso en marcha el vehículo. Avanzó por la ruta, varias veces pensó en girar el volante contra otro auto y acabar con la vida de él y de bonus track llevarse la de otro infeliz que tuviera la desgracia de toparse con un borracho sufrido en vuelto en una rabia nunca antes vista en él. Está demás decir que no lo hizo.  El cd sólo llegó al cuarto tema, ni una piña al stereo lo hizo seguir.  Se sintió desbordado, cegado, inmóvil de pensamiento, no tenía nada más que hacer sólo que someterse a lo que él se había negado de la boca para dentro pero había afirmado como un mayordomo (si amo) de la boca para afuera.  Tuvo que parar para vomitar. Una vez que terminó con escupir lo que el cuerpo no pudo soportar pateo el auto de tal forma que su pierna derecha le quedó doliendo. Lo siguió pateando, la puerta derecha quedó un poco abollada pero la peor suerte se la llevó su pie derecho, con dos uñas rotas. Subió al auto con el sol de fondo y su presente y futuro de frente. En una semana se iba a casar con alguien que no amaba y el traje le calzaba de diez. 

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