El reloj me avisa algo que mi mente ya se había enterado:
hora de irse del trabajo. Apago la computadora, recojo mis cosas, saludo a los
que quedan y me voy. Camino a paso rápido unas cuadras y cuando estoy por
llegar a la parada del colectivo, veo que este va a llegar antes que yo; aplico
ese ''nitro'' que poco abunda a las 18.30 horas en el cuerpo y con la lengua
afuera (y gracias al semáforo en rojo) llego a la parada antes que el
mastodonte de cuatro ruedas manejado por un mastodonte de bigotes.
A veces me pongo a pensar qué significa la vuelta del
trabajo a la casa para las personas. Creo que mientras más lejos de tu hogar
queda tu puesto de laburo más valor le das a esas ''horas perdidas''. En mi
caso la vuelta es de aproximadamente dos horas. Hay gente afortunada que su
retorno consta de menos de media hora y me animo a decir que a eso no se le
puede llamar ''vuelta a casa'', no merece ser tener ese rótulo.
Una vez arriba del colectivo que me va a llevar a
Constitución es fácil descubrir quién lo toma para volver a casa y quién para
otros fines: la mirada es distinta, el movimiento del cuerpo, el tono de voz,
la resignación, la poca paciencia, etc. Veo por el cuadro del bondi que la
tarde se va acostando sobre el horizonte y poco a poco se va vistiendo de noche.
El ''28'' llega a Constitución, toco el timbre y conmigo bajan varias personas.
Constitución es una
de las ovejas negras de la europea Capital Federal. Es el tío borracho,
drogadicto y mujeriego de la familia hecha y derecha de apellido compuesto y
perlas caras. Esta terminal va cambiando de forma según la hora del día: a la mañana es presa
del caos, de la velocidad, del reloj, de la puteada, de la tortilla caliente a
cuatro pesos, del ruido, de la vida y de
las palomas; a la tarde tiene aroma a las largas filas de gente que esperan
volver a su casa, a las golosinas baratas, a las calles mal cruzadas, a los
borrachos que lloran penas ajenas y propias, al ‘’uno con veinte por favor’’, a
las prostitutas y travestis que compiten
por el rating, a los pungas, al superpancho
con papas y coca, a los autos en cámara lenta, a los africanos que
venden anillos y al retraso del tren; a la noche su figura se viste de miedo al
miedo, se llena de ratas, se droga con poxiram, se convierte en un nene
castigado por el pasado, por presente y por el futuro, pide monedas como un
zombi-borracho , asoma la nariz sobre
los árboles con olor a meo, manguea al igual que los policías corruptos, duerme
bajo el autopista y le duele la panza por comer algo caliente… Constitución es
eso y mucho más. Ocupa un lugar en la
vida de las personas que pasan por ella, pero tal vez nadie se da cuenta. Constitución tiene dos hermanas: Retiro y
Once; poseen el mismo color de ojos, la misma nariz, los
mismos problemas, la misma mugre que meter bajo la alfombra...
Una vez sentado en el colectivo en viaje para Varela,
desconecto mi mente y me desmayo por un rato largo. No sé cuantos días pasan, ni cuantas
primaveras, ni cuantos fines del mundo, pero cuando me despierto (todavía en
viaje) tengo la sensación de que es otra vida y me cuesta entender todo lo que me rodea. Ese proceso de negación
a la realidad se va en cinco minutos. Arrastrándome llego a tocar el timbre, desciendo y emprendo mi
camino a pie. Piso las cuadras que quedan y cuando llego a mi casa me recibe mi
perra con una sonrisa de par en par, mi gato con ganas de jugar, mi vieja con un beso y una caricia, mi
casa con la calma de siempre, mi papá con las noticias de Boca. Llego a mi cama,
lanzo mi mochila y mi campera contra ella, desde la cocina se escucha: ‘’Adrian
te hice supremas con puré’’, me miro al espejo y con una mueca de felicidad
grito para mi interior: la pucha que vale la pena estar vivo...
excelente una vez mas
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