La etapa de
la primaria es una vida dentro de las varias vidas que recorre el ser desde que
absorbe intuitivamente, y a la vez casi sin querer, el primer sorbo de aire hasta que la oscuridad
del ataúd toma el color, la realidad, y la forma de un punto final. Son los primeros años de escuela en los cuales
se dan y quedan pegadas en el guardapolvo y en las paredes de la memoria,
cientos de anécdotas que al encenderse se esparcen en el presente como miles de
bolitas desparramándose lentamente en un piso eterno de cemento.
Época de
Romeo y Julieta (amores imposibles), de poligamia (varios amores a la vez), de
amistades verdaderas (esas que perduran
en las demás vidas), de amores degenerados (enamorarse de la señorita), de no
conocer la mentira y por ende la falsedad, historias de dientes de leche, historias de mancha congelada, de pantalones
rotos en las rodillas, etc, etc.
No recuerdo
muy bien mi edad cuando apareció mágicamente (como algo que siempre estuvo) en
la puerta del quisco que estaba al lado de la escuela. Pero el ruido gris
clarito de la pelotita impactando con total impunidad en la red de metal se
mantiene inmortal en mi memoria auditiva.
Era un metegol. Ciento por ciento
de fierro. Un estadio en miniatura con veintidós gladiadores divididos equitativamente
en el verde (desteñido) plástico campo de juego. Once jugadores rojos contra once jugadores amarillos, una pelota (siete en realidad) y un
árbitro invisible. El partido costaba diez centavos o cinco centavos envuelto
en un papel fino; se depositaba la moneda
en la herradura, luego se tiraba de una manija y, si se hacía
correctamente, se escuchaba el glorioso ruido del derrumbe de las pelotitas.
El metegol
era furor en la escuela y en la cuadra. De tal manera que venían otros colegios
a jugar. No sé en qué momento se germina
el ‘’código’’ de la lealtad, porque a pesar de que muchos chicos querían jugar
al metegol se respetaba a quienes estaban jugando y las fichas que tenían. El
respeto ante todo. Aunque siempre había algún vivo que mientras se estaba
disputando el partido se adelantaba y ponía sus diez centavos. ‘’Te juego por la ficha’’ (siempre se decía
ficha a pesar de que ése metegol era con monedas) era una frase recurrente para
iniciar los duelos. Casi siempre se
jugaba de a cuatro (dos contra dos), pocas veces había ‘’singles’’.
Los buenos
jugaban sin ‘’molinete’’, sin gol del medio, con ‘’gol de chancha vale doble’’
(chancha era el arquero) y ‘’zapatero paga la ficha’’. Uno a simple vista ve a
los jugadores metálicos y saca la conclusión de que sólo le pegaban a la pelotita
y nada más, que en eso se basaba el juego, pero le juro que había cada uno de
los chicos que los hacían tener vida: la pisaban, la traían para acá, le
pegaban con chanfle, hacían volar a los arqueros, hasta he visto goles de
chilena o de un metegol a otro.
Con mis
compañeros jugábamos siempre a la salida de clase. Durante el día mendigábamos monedas
y las asesinábamos a la tarde. Yo no era
muy bueno que digamos; arranqué de mitad de cancha para delante pero mi poca
virtud me llevó encontrar mi mejor versión defendiendo, y tampoco era una
maravilla. Eso sí, lo disfrutaba muchísimo.
El puño de mi camisa blanca se iba negro al terminar los partidos por
culpa de la grasa o el aceite (no recuerdo bien qué era) que tenían los brazos
del metegol. Como llegaba muy tarde a mi
casa mi vieja me decía ‘’estuviste jugando al metegol, qué te dije Adrian, basta
de llegar tarde’’ y yo con los puños y las manos llenas de evidencia trataba de
hacer sin éxito lo más difícil (tan difícil que rozaba lo imposible): engañar a
mamá.
La formación
inamovible de ese metegol era un 3-4-3 (tres defensores, cuatro mediocampistas
y tres delanteros). Para mí, el puesto más injusto era el del
arquero. Debía parar la pelota como cualquier arquero de cualquier deporte pero
con una diferencia tan notoria que lo hace el puesto más arduo: no usaba las manos (porque no tenía o
estaba abrazado al caño, para no caerse), debía evitar el fracaso solamente con
su tranco o su cara. Era lo más parecido a un delincuente o preso político al
cual llevan al paredón de fusilamiento. ‘’Disparen que acá estoy yo’’ hubiera
dicho si Dios le hubiese dado el privilegio del habla. También tenía que luchar
con los intentos de gol en contra de sus compañeros. El lado positivo era que su
gol casi siempre valía doble, no es para menos con todo lo que tenía que
sufrir.
Culpable de
risas, broncas, retos, amistades, euforia. Culpable de recuerdos imborrables.
Culpable de nostalgias. Quién diría que un montón de fierros significaría
tanto. La infancia lleva tatuada esa cancha de metro veinte de altura en el
brazo. Hoy los metegoles están en peligro de extinción, pero cuando encuentro
alguno en los cumpleaños de mis primitos retrocedo en la edad y el pibe que
jugaba horrible pero lo disfrutaba como a nada en el mundo, se pone en posición
defensiva, se le pianta una mueca de placer y se olvida que su mamá lo va a
retar si llega tarde a la casa con la camisa manchada de negro felicidad.

Grosso.
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