Estaba mirando la tele acostado en el sillón. Un impulso, como algo que quiere ser, le pedía a su interior salir a la terraza a respirar aire puro. Se levantó, abrió la puerta de su casa y se fue hacía allá. Ya en la terraza prendió un cigarrillo y miró el cielo. Este tenía las mismas características que puede tener un cielo azul semi despejado un viernes de otoño por la tarde: pocas nubes, un cielo fresco, aire agradable para ingerir, una eterna profundidad y un Sol con poca fuerza. Pero para Martín ese cielo era distinto a todos los que alguna vez vio. ¿Cuántas veces miramos al cielo por día? ¿Cuántos segundos de mirada observadora le dedicamos al escenario que hasta el fin de nuestros días vamos a tener sobre nuestra cabeza?
Luego de unos cinco minutos de observar el firmamento sin interrupción, la fascinación de Martín se había esfumado. Volvía a ser la ‘’nada’’ que miramos cuando miramos la nada. Se apoyó sobre la baranda que separa el abismo de la terraza. Vivía en el piso 18 de un edificio ubicado en el alma de Capital Federal. Desde ahí, desde esa altura, los autos, los colectivos, las personas, los ruidos, todo pero todo allá abajo parecía de juguete, de mentira, un engaño de la mente. Ese suelo ‘’de juguete’’ también le causaba un estupor parecido al que minutos antes le había producido el cielo débil de otoño. Para disfrutarlo más se sentó sobre la baranda.
Luego de unos cinco minutos de observar el firmamento sin interrupción, la fascinación de Martín se había esfumado. Volvía a ser la ‘’nada’’ que miramos cuando miramos la nada. Se apoyó sobre la baranda que separa el abismo de la terraza. Vivía en el piso 18 de un edificio ubicado en el alma de Capital Federal. Desde ahí, desde esa altura, los autos, los colectivos, las personas, los ruidos, todo pero todo allá abajo parecía de juguete, de mentira, un engaño de la mente. Ese suelo ‘’de juguete’’ también le causaba un estupor parecido al que minutos antes le había producido el cielo débil de otoño. Para disfrutarlo más se sentó sobre la baranda.
Sus pies flotaban sobre el aire y él como hipnotizado no podía sacar la vista del abismo. De repente lo invadió el vértigo. Cayó en la cuenta de que estaba en delgada línea entre la vida y la muerte. ‘’No te creas que es tan fácil morir’’ le había comentado un amigo entre tragos filosofando en una noche de bar. Recién ahí había entendido al cien por cien la frase, sólo tenía que caer, dejarse llevar hacía ese abismo que repetía su nombre, pero algo lo retenía, ese algo, ese abrazo invisible que lo mantenía sentado en la baranda, era él mismo. ¿Cuántas veces la muerte nos habló al oído y nosotros no nos dimos cuenta? ¿Y cuántas el vértigo de querer caer justamente porque se sabe que no se puede caer nos invadió?
Martín entró en pánico, ya el abajo no le parecía de juguete ni de mentira, era real y palpable. De a poco se empezó a quedar sin oxigeno como un renacuajo al cual el tiempo y el calor le van tomando el agua del charco donde fue expulsado a la vida. Martín estaba paralizado, no sabía como salir de la posición que se encontraba en la baranda. Escuchaba la risa de la muerte como quien dice ‘’ ¿Querés jugar conmigo? Bueno, juguemos. Pero mirá que siempre gano yo’’. De a poco se fue tranquilizando, tomó coraje y de una vuelta quedó en el piso de la terraza..
Una vez en tierra firme, se abrazó al suelo sucio. Estuvo a punto de llorar. Todavía no entendía qué lo llevó a realizar semejante locura. Por qué había salido de la tranquilidad de su sillón a estar cara a cara contra el abismo. Su corazón todavía galopaba pero de a poco iba recuperando su respiración normal. Juró a si mismo que nunca más lo iba a repetir, que nunca más iba a jugar con su muerte. Bajó a su casa, abrió la puerta, entró al comedor, se sacó las zapatillas y las medías, e intentó dormir en el sillón. Todavía esa electricidad recorría su cuerpo. Se levantó, fue hacía la cocina, abrió descalzo la heladera y tomó una coca bien fría.
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