domingo, 29 de abril de 2012

El ''viejo del frente''


Verano sin fecha de mi infancia, tiempos en los cuales el Sol hacia su trabajo como debía y la temperatura se posaba en los 40 grados sin problemas. Con los chicos jugábamos a la pelota en frente de mi casa a cualquier hora. La reja roja, vieja y oxidada era el arco en el cual nos disponíamos a jugar al ''25'', ''metegol'', o a los penales. ¡Arco traicionero si los había! A simple vista era una reja débil sin alma pero venía con un imán para pelotas en sus puntas y sin dudas que funcionaba de una excelente manera. Como límite de la cancha teníamos la casa del ''viejo del frente''. Alambrado de un metro y medio de altura era el portón de su casa. De esta cuidaba un perro que de cachorro parecía que iba a ser un ''perro policía'' pero los años lo traicionaron y terminó siendo un ‘’perro civil’’ (en las personas pasa lo mismo cuando dicen ‘’te juro que de chiquito era lindo y ahora no sé que me pasó’’).
 Recuerdo que las pelotas que usábamos tenían cierta tendencia a caer dentro de esa casa y a jugar hasta reventarse con el perro. Y cuando quedaban vivas el ''viejo'' las pinchaba. Rara vez las devolvía, aunque nosotros siempre llamábamos y las pedíamos. El que la tiraba la tenía que ir a buscar (la ley de la vida). El mecanismo era el siguiente: acercarse al alambrado, medir si no se puede agarrar el balón con la mano, en caso de que no, tragar saliva, encomendarse a Dios, golpear las manos y decir ‘’señor! Señor! Me pasa la pelota’’.
 Mi vieja (mientras mi papá parchaba y nos cocía las pelotas) siempre nos decía que no lo molestemos ya que él era sereno y a la noche trabajaba. Con el tiempo fui descubriendo el otro significado de la palabra ''sereno'' y comprendí que el ''viejo del frente'' no era tranquilo sino que cuidaba de noche un galpón.
 Con el tiempo asfaltaron la calle de Leo y la cancha invisible se mudó 50 metros, y junto con ese cambio las rodillas empezaron a sangrar. Hoy tengo 23 años y ya no juego a la pelota enfrente de mi casa ni en lo de Leo ni tampoco me sangran las rodillas, el ''viejo'' del frente pasó a llamarse ''señor'' del frente. A veces me lo cruzo cuando voy a la mañana a tomar el bondi. Él vuelve de su trabajo, yo voy. Siempre hay una mueca cómplice en el ''Buen día'', supongo que en esa mueca  yo silenciosamente le perdono el hecho de pinchar mis pelotas de futbol con total impunidad y él me perdona (y nos perdona) el hecho de no dejarlo dormir en sus ratos de descanso.
 Su perro una noche aprovechó que el portón estaba abierto y nunca más volvió. ¿Se perdió o se escapó? No lo sé... son secretos que el pasado prefiere llevarse a la tumba.

viernes, 27 de abril de 2012

Calle de tierra


Han pasado los años y el barrio no es el mismo. Algunos personajes se han ido a un barrio mejor, mejor porque ellos están ahí, mejor por que las tardes en "ese barrio" tienen esa picardía que ellos tenían y que yo extraño. Desde los doce años dejé de creer en Dios y con él todo su combo: el cielo, el infierno, los santos, la iglesia, entre otros. A partir de ahí me quedó un vacio en donde ubicar a los muertos. Un lugar físico, claro. En mi memoria y en mi recuerdo los escucho, los veo, los admiro: los irrepetibles de mi barrio, esos ideales que uno quiere ser cuando la muerte nos revise los bolsillos, cuando este cerca de encontrarnos en este juego de escondidas sin escondites.
 Un día se fueron sin despedirse, sin avisar que era su última cargada, su último saludo, su último piropo a las minas, dejando un silencio duro, nostálgico, raro.
 Hoy estoy acá, mirando desde la ventana de mi casa la calle de tierra, la cual si hablara tendría tanto que contar, tantas horas de café que llenar. Me destierra demasiados olvidos, es como una foto del pasado con vida en el presente que respira ladridos de perros de día y un silencio mentiroso de noche. Ayer la recorrían las bicicletas de mis amigos, hoy sus autos o sus motos. Su color marrón pasado se distingue al gris rutina del asfalto que lo rodea, lo encierra y lo deja como una isla sin tesoro alrededor de un mar sin peces. Cuando llueve mucho es un mini barrizal de esos que le molesta a la gente.
No sólo nosotros dejamos de ensuciarnos o de jugar a las bolitas sobre su cuerpo, a la pelota, a las escondidas; tampoco los sapos ya no se aparean en sus zanjas o hacen su ritual de cantos en la madrugada.
 ¿Quién sabrá que destino le tiene preparado el destino?
¿Quién sabrá qué tan generoso va ser el progreso con ella? Tal vez el futuro se olvida de pavimentarla y la deja virgen. O quizás los vecinos juntas firman y logran que la tierra se transforme en cemento y así chau barro (el cual se pega en la ropa como yo tengo pegada a la calle de tierra en mí corazón), pero bueno no los voy a culpar si eso pasa, si total el loco que ve su pasado en una calle tierra soy yo...

miércoles, 25 de abril de 2012

Amor de perros



En la esquina, en donde se dan la mano la renombrada  Av Caseros y la humilde y desconocida Monasterio (barrio Parque Patricios), un perro y su dueño deciden ingresar de lleno en la plaza. El can tiene una postura totalmente exaltada: mira a los de su especie correteando, oliéndose entre sí, meando los árboles, jugando entre ellos, y se le hace agua la boca.  La correa se tensa a más no poder, al dueño se le hace muy difícil mantener la calma de la situación. ''Charli! Tranquilo, esperá un poco. Ya te suelto'' le repetía su amo (es muy desagradable la palabra ''amo''cuando se habla de la relación animal-ser humano), pero Charli no hacía caso. La inercia de su alma por ser uno más entre sus compañeros de juego, desbordaba su cuerpo obligándolo a realizar movimientos inútiles, exagerados. Algo dentro de Charli quería estallar: la cola se movía a más no poder, la lengua decía presente fuera de la boca mostrando agitación, sus patas luchaban contra ''eso'' (la correa) que las detenían.
''Listo Charli, andá! Pero tené cuidado'' dijo Javier y soltó la correa. El perro se metió disparado en el corazón de la plaza como un nene que sale corriendo a los brazos de su madre a la salida del jardín de infantes. Su carrera sin competencia al lugar en donde lo esperaban cuatro perros sólo se detuvo cuando decidió marcar el territorio en un tacho de basura. Objetivo cumplido: Charli ya era parte del juego, su alma estaba en calma, y solamente corría junto a sus ocasionales amigos los cuales no les importaba ni sus nombres, situaciones económicas, tamaños, ni nada. Eran todos iguales.
Javier lo vigilaba desde un banco despintado. Era una mañana fresca y con un Sol débil de otoño. Tenía sus manos en los bolsillos y luego de mirar a Charli su mirada se transformó en pensamiento. En ese lapsus recorrió en su mente, con el paisaje de la plaza y Charli detrás, su vida. Recordó su infancia en las calles Pompeya, las vacaciones familiares en Mar del Plata, la primera vez que entró al Cilindro de Avellaneda,  las llegadas borracho a su casa en la adolescencia, su primer amor, en fin, hizo un repaso de sus veintiocho años. El último vagón del recorrido era el presente, se bajó  y meditó sobre él: su trabajo, su profesión, sus amigos, su desamor. Cuando en sus ojos se proyectó la idea del ''desamor'' un punzón invisible le pincho el alma. Pensar en ella no le hacia para nada bien, hace tres meses que no la veía, ni sabía nada. La ruptura fue total y Gabriela (su ex) se fue con un adiós definitivo pero todavía la tenía presente en todos los rincones de su vida. Las despedidas tienen varias formas de representarse: en punto y seguido, tres puntos y punto final. La tercera fue la de esta pareja.

Javier no le buscaba explicación a lo que pasó con ella sólo la recordaba. Su ser estaba envuelto en telarañas de nostalgia y a él en este último tiempo ''disfrutaba'' enredarse hasta no poder salir de ellas. Una lágrima iba a correr sobre su mejilla, el dolor en la boca del estómago era cada vez más insoportable pero de repente apareció Charli. Primero su lengua recorrió cariñosamente la mejilla de su dueño como avisando que él había vuelvo, luego ladró para rescatarlo de esas redes y así traerlo a la realidad. Una vez que Javier reaccionó se fundió en un abrazo con Charli. Este ladraba, movía la cola y lo llenaba de besos. ''Hey Charli, volvé con tus amigos'' le dijo entre abrazos. Pero Charli por lo visto no quería volver. En este momento y como siempre sólo existía el mundo Javier, su mundo, el mundo de los dos.

lunes, 23 de abril de 2012

Discusiones sin sentido


-Te dije que basta. No quiero hablar
-Pero esperá! hablemos..
-No. Ya está. Listo! 
-Yo te voy a seguir
... Cómo una vieja chusma (la más chusma del barrio) escuchaba esta pelea mientras estaba a una cuadra de llegar a mi laburo. Era una pareja joven que no paraba de discutir en frente de todos. Por lo visto la macana se la había mando ella. Él caminaba con un paso firme como de soldado, ella lo trataba de parar con las manos, suplicándole que detenga su marcha para poder hablar. Hace cuanto que no me ''peleo'' en la calle. Hace cuanto que no soy la atracción de la gente que no conozco por dos minutos.
Seguí caminando, los pasé (ellos venían delante mío), los dejé atrás. Igual mi oido (de chusma) todavía seguía registrando la discusión, más de lo mismo: ella suplica, él reprocha, ella lo abraza, él la saca, ella llora, él la besa, los dos se abrazan y algún otro día u otra mañana volverán a pelear de la misma forma hasta que se saturen, se cansen, corten y se odien o se casen.
Cuando la pareja había quedado un tanto lejos mío y de mi oído, miro a mis pies y veo una rata muerta. Estaba tirada en el piso, cómo si al morir el roedor hubiera elegido quitarle protagonismo a la pareja y fallecer a la luz de todos. Me detengo ante ella y la sigo observando:
-¿Qué mirás? dice la rata desde el más allá.
- A vos. Le contesto.
-¿Nunca viste una rata muerta?
- Si, pero nunca una rata que hablara. Y encima muerta.
- Da igual. Vos también te estás muriendo. Me dijo en tono frio.
- Todos nos estamos muriendo poco a poco, minuto a minuto. Pero vos ya estás muerta. Contesté y me fui.
Sigo mi camino. La rata sigue acostada en el suelo, yo me apuro porque voy a llegar tarde a mi trabajo. Como caída del telón al final de una función me vuelve el recuerdo de la rata: sus ojos llenos de oscuridad, su voz fría que rebotaba en forma de eco en mi cerebro, su cuerpo inmóvil con tres o cuatro moscas alrededor, su olor a pasado podrido, su odio hacia la vida. Todo se mezclo en mi memoria. Tuve de repente ganas (muchas ganas) de vomitar.
Al llegar a la esquina miré para atrás, ya no estaba la pareja ni la rata, solamente quedaba el recuerdo dubitativo que miraba la discusión entre la verdad y la mentira, las cuales no podían ( o no querían) ponerse de acuerdo sobre quién predominó hasta hace un rato. La única certeza que tenía la verdad era mi apuro por llegar a horario al trabajo y mis repetidas ganas de vomitar. La única verdad que tenía la mentira era que las ratas no hablan y no mueren a la luz del Sol...


domingo, 22 de abril de 2012

Parque Chas




Subte B, estación Malabia (Pugliesse), desde ahí arranca mi memoria inmediata. Domingo a la tarde, 15.30, para ser más preciso, desde ahí arranca el relato. Pasa la estación Lacroze y el vagón queda triste, triste de gente. El subte llega a su última parada, a su terminal, estación Los Incas. ¿Sabrán los Incas que una estación de subte lleva su nombre? El subte se detiene por completo, la poca gente que hay en el vagón se baja. Pasa un abuelo que va de la mano de su nieto, al verlos sentí una sensación de felicidad, los ojos de ambos estaban tan llenos de vida, el solo hecho de mirarlos te daban ganas de vivir y muchas ganas de ser un nene y un abuelo a la vez. Salgo del subsuelo gracias a una escalera mecánica (uno de los mejores inventos del hombre), camino por la Av Los Incas y pretendo entrar a Parque Chas. Barrio que  con sus calles rebeldes, con sus aires de laberinto, con la confianza de saber que siempre me va a dejar perdido entre sus esquinas. Es imposible no perderse ahí. 
Mientras voy por una calle que ahora no recuerdo el nombre, me acuerdo de vos. Sos tan parecida a Parque Chas, entre tus calles me pierdo, en tus esquinas me paro a preguntar como sigo, doy vueltas sobre vos y termino siempre en el mismo lugar. Arranco con la confianza de que sé como llegar a mi destino, pero a mitad de camino entro a disfrutar del sabor de no saber a donde ir, y así ando perdido, desorbitado, distraído, mal parado, impaciente, tartamudo. Perdido en Parque Chas.