miércoles, 13 de junio de 2012

Estación Constitución


El reloj me avisa algo que mi mente ya se había enterado: hora de irse del trabajo. Apago la computadora, recojo mis cosas, saludo a los que quedan y me voy. Camino a paso rápido unas cuadras y cuando estoy por llegar a la parada del colectivo, veo que este va a llegar antes que yo; aplico ese ''nitro'' que poco abunda a las 18.30 horas en el cuerpo y con la lengua afuera (y gracias al semáforo en rojo) llego a la parada antes que el mastodonte de cuatro ruedas manejado por un mastodonte de bigotes.
A veces me pongo a pensar qué significa la vuelta del trabajo a la casa para las personas. Creo que mientras más lejos de tu hogar queda tu puesto de laburo más valor le das a esas ''horas perdidas''. En mi caso la vuelta es de aproximadamente dos horas. Hay gente afortunada que su retorno consta de menos de media hora y me animo a decir que a eso no se le puede llamar ''vuelta a casa'', no merece ser tener ese rótulo.
Una vez arriba del colectivo que me va a llevar a Constitución es fácil descubrir quién lo toma para volver a casa y quién para otros fines: la mirada es distinta, el movimiento del cuerpo, el tono de voz, la resignación, la poca paciencia, etc. Veo por el cuadro del bondi que la tarde se va acostando sobre el horizonte y poco a poco se va vistiendo de noche. El ''28'' llega a Constitución, toco el timbre y conmigo bajan varias personas.
 Constitución es una de las ovejas negras de la europea Capital Federal. Es el tío borracho, drogadicto y mujeriego de la familia hecha y derecha de apellido compuesto y perlas caras. Esta terminal va cambiando de forma  según la hora del día: a la mañana es presa del caos, de la velocidad, del reloj, de la puteada, de la tortilla caliente a cuatro pesos, del ruido,  de la vida y de las palomas; a la tarde tiene aroma a las largas filas de gente que esperan volver a su casa, a las golosinas baratas, a las calles mal cruzadas, a los borrachos que lloran penas ajenas y propias, al ‘’uno con veinte por favor’’, a  las prostitutas y travestis que compiten por el rating, a los pungas, al superpancho  con papas y coca, a los autos en cámara lenta, a los africanos que venden anillos y al retraso del tren; a la noche su figura se viste de miedo al miedo, se llena de ratas, se droga con poxiram, se convierte en un nene castigado por el pasado, por presente y por el futuro, pide monedas como un zombi-borracho ,  asoma la nariz sobre los árboles con olor a meo, manguea al igual que los policías corruptos, duerme bajo el autopista y le duele la panza por comer algo caliente… Constitución es eso y mucho más.  Ocupa un lugar en la vida de las personas que pasan por ella, pero tal vez nadie se da cuenta.  Constitución tiene dos hermanas: Retiro y Once;  poseen  el mismo color de ojos, la misma nariz, los mismos problemas, la misma mugre que meter bajo la alfombra...
Una vez sentado en el colectivo en viaje para Varela, desconecto mi mente y me desmayo por un rato largo.  No sé cuantos días pasan, ni cuantas primaveras, ni cuantos fines del mundo, pero cuando me despierto (todavía en viaje) tengo la sensación de que es otra vida y me cuesta entender  todo lo que me rodea. Ese proceso de negación a la realidad se va en cinco minutos. Arrastrándome llego  a tocar el timbre, desciendo y emprendo mi camino a pie. Piso las cuadras que quedan y cuando llego a mi casa me recibe mi perra con una sonrisa de par en par, mi gato con ganas de  jugar, mi vieja con un beso y una caricia, mi casa con la calma de siempre, mi papá con las noticias de Boca. Llego a mi cama, lanzo mi mochila y mi campera contra ella, desde la cocina se escucha: ‘’Adrian te hice supremas con puré’’, me miro al espejo y con una mueca de felicidad grito para mi interior: la pucha que vale la pena estar vivo...       

1 comentario: