martes, 21 de agosto de 2012

Tu barrio y mi noche.



Y la noche entró a comer. Y el auto (conmigo en su interior) ingresó a un barrio fantasma. Voy cerca de tu casa, la que jamás visité. Nunca pise tu barrio, ni en las nuevas, ni en las viejas épocas. Pero me sé de memoria el camino a tu casa. Con los ojos vendados y enceguecidos, rengo y mal dormido, puedo golpear tu puerta, puedo abrir tu ojos. No importa que me cambies los olores de tu cama siempre llego para soñar que hago una trinchera en tu almohada, para poder perder cerca tuyo. Es un barrio de casas bajas y árboles enanos, de perros con ojos de luciérnagas que aúllan en la oscuridad, de barro y barro, de brujas sin escobas, de recuerdos con siete vidas. Es tan parecido a lo que nunca me contaste. Mejor aún, así puedo dibujarte sobre esta hoja negra; estás flotando en una esquina enamorando a los colectivos, dejando caer de tu pelo oscuro (de noche y estrellas) las dudas sobre las alcantarillas,mientras que con tu risa volvés inmóvil al tiempo, paralítico y de madera.
Frente al auto se cruza un Siberiano amarillo, lo más parecido a un lobo que pudo dibujar la noche, y el viento mueve una montañita de polvo; lo más idéntico a un tornado que pudo crear el clima mientras moría de sueño. El chofer baja la velocidad en las lomas de burro y en tus recuerdos. Yo apoyando mi cabeza sobre el marco de la ventanilla miro los alambrados, las ramas y tus sueños. Siento que pasé mil veces esta escena. Siento que escribí doscientas cuarenta veces está noche. Me sorprendo al comprobar que te miré más de nueve siglos sin pestañear.

Voy escapando de tu barrio, apuras penas, como un ladrón de gallinas de huevos oro. Me despido abriendo los ojos para no imaginarte, cantando bajito para no escuchar los reproches de mi alma (que está aburrida de extrañarte). El auto volvió a su ruta normal. Los árboles,tu barrio, tu fantasma y el Siberiano amarillo silban a modo de despedida el silencio de mi noche.

miércoles, 15 de agosto de 2012

El metegol


La etapa de la primaria es una vida dentro de las varias vidas que recorre el ser desde que absorbe intuitivamente, y a la vez casi sin querer,  el primer sorbo de aire hasta que la oscuridad del ataúd toma el color, la realidad, y la forma de un punto final.  Son los primeros años de escuela en los cuales se dan y quedan pegadas en el guardapolvo y en las paredes de la memoria, cientos de anécdotas que al encenderse se esparcen en el presente como miles de bolitas desparramándose lentamente en un piso eterno de cemento.
Época de Romeo y Julieta (amores imposibles), de poligamia (varios amores a la vez), de amistades  verdaderas (esas que perduran en las demás vidas), de amores degenerados (enamorarse de la señorita), de no conocer la mentira y por ende la falsedad, historias de dientes de leche,  historias de mancha congelada, de pantalones rotos en las rodillas, etc, etc.  
No recuerdo muy bien mi edad cuando apareció mágicamente (como algo que siempre estuvo) en la puerta del quisco que estaba al lado de la escuela. Pero el ruido gris clarito de la pelotita impactando con total impunidad en la red de metal se mantiene inmortal en mi memoria auditiva.  Era un metegol.  Ciento por ciento de fierro. Un estadio en miniatura con veintidós gladiadores divididos equitativamente en el verde (desteñido) plástico campo de juego.  Once jugadores rojos contra once jugadores  amarillos, una pelota (siete en realidad) y un árbitro invisible. El partido costaba diez centavos o cinco centavos envuelto en un papel fino; se depositaba la moneda  en la herradura, luego se tiraba de una manija y, si se hacía correctamente, se escuchaba el glorioso ruido del derrumbe de las pelotitas.
El metegol era furor en la escuela y en la cuadra. De tal manera que venían otros colegios a jugar.  No sé en qué momento se germina el ‘’código’’ de la lealtad, porque a pesar de que muchos chicos querían jugar al metegol se respetaba a quienes estaban jugando y las fichas que tenían. El respeto ante todo. Aunque siempre había algún vivo que mientras se estaba disputando el partido se adelantaba y ponía sus diez centavos.  ‘’Te juego por la ficha’’ (siempre se decía ficha a pesar de que ése metegol era con monedas) era una frase recurrente para iniciar los duelos.  Casi siempre se jugaba de a cuatro (dos contra dos), pocas veces había ‘’singles’’.
Los buenos jugaban sin ‘’molinete’’, sin gol del medio, con ‘’gol de chancha vale doble’’ (chancha era el arquero) y ‘’zapatero paga la ficha’’. Uno a simple vista ve a los jugadores metálicos y saca la conclusión de que sólo le pegaban a la pelotita y nada más, que en eso se basaba el juego, pero le juro que había cada uno de los chicos que los hacían tener vida: la pisaban, la traían para acá, le pegaban con chanfle, hacían volar a los arqueros, hasta he visto goles de chilena o de un metegol a otro.    
Con mis compañeros jugábamos siempre a la salida de clase. Durante el día mendigábamos monedas y las asesinábamos a la tarde.  Yo no era muy bueno que digamos; arranqué de mitad de cancha para delante pero mi poca virtud me llevó encontrar mi mejor versión defendiendo, y tampoco era una maravilla. Eso sí, lo disfrutaba muchísimo.  El puño de mi camisa blanca se iba negro al terminar los partidos por culpa de la grasa o el aceite (no recuerdo bien qué era) que tenían los brazos del metegol.  Como llegaba muy tarde a mi casa mi vieja me decía ‘’estuviste jugando al metegol, qué te dije Adrian, basta de llegar tarde’’ y yo con los puños y las manos llenas de evidencia trataba de hacer sin éxito lo más difícil (tan difícil que rozaba lo imposible): engañar a mamá.
La formación inamovible de ese metegol era un 3-4-3 (tres defensores, cuatro mediocampistas y tres delanteros). Para mí, el puesto más injusto era el del arquero. Debía parar la pelota como cualquier arquero de cualquier deporte pero con una diferencia tan notoria que lo hace el puesto más  arduo: no usaba las manos (porque no tenía o estaba abrazado al caño, para no caerse), debía evitar el fracaso solamente con su tranco o su cara. Era lo más parecido a un delincuente o preso político al cual llevan al paredón de fusilamiento. ‘’Disparen que acá estoy yo’’ hubiera dicho si Dios le hubiese dado el privilegio del habla. También tenía que luchar con los intentos de gol en contra de sus compañeros. El lado positivo era que su gol casi siempre valía doble, no es para menos con todo lo que tenía que sufrir.
Culpable de risas, broncas, retos, amistades, euforia. Culpable de recuerdos imborrables. Culpable de nostalgias. Quién diría que un montón de fierros significaría tanto. La infancia lleva tatuada esa cancha de metro veinte de altura en el brazo. Hoy los metegoles están en peligro de extinción, pero cuando encuentro alguno en los cumpleaños de mis primitos retrocedo en la edad y el pibe que jugaba horrible pero lo disfrutaba como a nada en el mundo, se pone en posición defensiva, se le pianta una mueca de placer y se olvida que su mamá lo va a retar si llega tarde a la casa con la camisa manchada de negro felicidad.