sábado, 30 de junio de 2012

El azar,el destino,el tiempo y dos pares de medias



El otoño regalaba un lunes con una fina lluvia tiernamente molesta. Día húmedo y desgastante. Así se empezaban a distribuir las piezas de ajedrez de la mañana. Yo era el rey. Ese rey torpe que sólo se mueve de a un casillero por turno,  al que le cuesta comer hasta a los peones y que vive con la sombra del ‘’jaque mate’’ sobre la cabeza, con el puntito rojo sobre la sien del mejor francotirador de la tierra. En cambio ella cada vez más disfrutaba de su mote de ‘’reyna’’, de la libertad, de su pelo oscuro al viento, de la lluvia débil que muere sobre su piel, del ir y venir entre los alfiles, los caballos y las torres. Todavía me sigo preguntando si yo era un rey o un peón al que la corona se le caía de la cabeza.

Habíamos acordado (como tantas otras veces) encontrarnos en un bar en donde se confunden  Callao y Corrientes. Llegué primero (como nunca). Dudaba si esperarla dentro o fuera del bar. Dudé de todo. Abrí la puerta, entré, me acerqué a la mesa y dudé otra vez. Las dudas se me caían de los bolsillos, me brotaban de las orejas, me picaban como pulgas a un perro vagabundo; era inexplicable e ilógico mi sentimiento: ya nos habíamos visto muchas veces, me conocía de memoria su risa, su tic de acariciarse el pelo cuando está nerviosa, sus frases creativas y también habría logrado cierta simpatía con su inseparable y exótica cartera violeta. Entonces ¿Por qué me sentía tan intranquilo?... Salí del bar. Pispié  el cielo de reojo  y prendí un cigarrillo. Miré el reloj, volví a ojear el firmamento y al bajar la mirada a la calle mis ojos se perdieron entre los autos que iban en marcha lenta, gritando, frenando y volviendo a avanzar; me hacían acordar a un reloj al cual le cuesta horrores mover la aguja del segundero. El tiempo se había acoplado a la humedad del día y pasaba de manera lenta y pegajosa… y Clara que no llegaba.

Pasaron diez minutos y el mundo seguía igual desde que había salido del bar. Me iba impacientando, su bendita costumbre de llevarse bien con los horarios prefijados iban sumando más agua al balde de mis nervios. Calmé la ansiedad cambiando de foco mi atención: un vendedor ambulante se distinguía entre la gente vendiendo medias de algodón; se presentaba, hacía algunos gestos, sus ojos tristes (de antifaz o no) no coordinaban con la risa pícara que trae consigo la calle. Lo observé un tiempo largo, había logrado vender tres pares, y por dentro pensé que mi mirada le traía suerte. De repente el vendedor se da cuenta que lo estoy mirando y se acerca hacía a mi ’’¿Señor, quiere comprar dos pares de medias a diez pesos?’’, le hice el gesto negativo con la cabeza pero él insistió, me dijo que las toque para que compruebe la calidad; tuve que aceptar sin remedio. Pasó un minuto entre el ‘’tira y afloje’’, entre el ‘’no gracias y el ¿está seguro?’’, entre mis negaciones  y sus súplicas. Siempre me costó decirle que ‘’no’’ a la gente, desde chico nunca entendí el por qué de mi actitud que me negaba a negar. Cuando estaba por ceder ante la presión del vendedor alguien desde atrás me toca el hombro.

Fueron dos golpes tímidos, cariñosamente tímidos. A pesar de que tenía una campera puede sentir los dedos de quien pedía mi atención. Antes de darme vuelta para ver quién era, puede descubrir en la cara del vendedor que esa persona era distinta. Me doy vuelta y era ella; su pelo oscuro no llegaba por algunos centímetros a sus hombros, su cara de tez extremadamente blanca y su nariz tallada por un Dios escultor era lo más hermoso que rondaba por la zona de Balvanera a las diez de la mañana. Vestía unos pantalones Oxford, una camisa escocesa y un saco oscuro, y sus pies estaban protegidos por unos borcegos. Nunca había estado tan linda. La belleza que la rodeaba ese día nunca la pudo repetir, fue para ella (en realidad para mí, el observador y juez de esta apreciación) como lo fue ‘’Don Quijote’’ para Cervantes, ‘’Cien años de soledad’’ para Garcia Marquez , la ‘’Insoportable levedad del ser’’ para Kundera: una obra única e irrepetible. Me quedé tan estupefacto que me olvidé del vendedor, solamente giré la cabeza y con ella todo mi cuerpo.

-Hola. Perdón por el retraso- Dijo con una sonrisa  que la convertía en inimputable hasta de un triple homicidio a plena luz del día.
-No te hagas problema. Me salvaste de comprar un par de medias que no quería. (El vendedor se había ido en busca de otros clientes). No sé si será el lunes, o el otoño, o mis ojos, o qué, pero vos estás muy linda.- Lancé sin pensar sintiendo vergüenza ajena de mi nulo control de las palabras.
- Gracias. Definitivamente esto de hacerte esperar te convierte en más piropeador. ¿Qué hacemos?
-¿El mismo bar de siempre?- Respondí preguntando y  sintiendo el mismo molesto pensamiento anterior ¡era más que obvio que ella quería hacer otra cosa!
-¿Te parece? Mejor caminemos…- Contestó sutilmente



¿Qué me pasaba con Clara? Difícil de explicar. Nos conocíamos desde la primaria. Hicimos juntos sexto grado en horario de la tarde hasta que ella se cambió a la mañana y un año después de Colegio.  Nos volvimos a cruzar (ya veinteañeros) en una fiesta de conocidos y a partir de ahí empezamos a tener más contacto. Las casualidades que a veces presenta sospechosamente la vida nos mostró que trabajamos cerca. Ambos a pocas cuadras del Congreso. Callao y Corrientes era nuestra figurita repetida. Desde el primer momento del segundo encuentro mi mente la trataba de otra manera. Ella era una mezcla de pasado y presente. Clara fundía el tiempo y lo transformaba en aire, un aire que llenaba mis pulmones y me confundía más y más. De chico estaba enamorado perdidamente de ella .Cada vez que recuerdo ese beso que nos dimos jugando a la botellita en un cumpleaños una comparsa de mariposas albinas invade e ilumina mi interior pintado de oscuro.  Es imposible que pueda dividir, despegar, separar, el recuerdo de ella con su presente. Las dos Claras me noquean.

Caminábamos sin rumbo, como línea invisible tomamos Callao, cruzamos Av Córdoba y llegamos a una plaza. En esas cinco cuadras, ella tomó las riendas de la conversación y yo sólo atinaba a contestarle y prestarle atención. Nos reímos de una señora que tenía un tapado chistoso y de un señor que cantaba cumbia en voz alta. Era una caminata agradable. La notaba distinta a Clara, su forma de mirarme no era la misma que siempre, había una luz invisible en sus ojos cuando se fijaban en mí, que me hacía brotar un dejo confianza. Nos sentamos en un banco despintado.

Hablamos diez minutos más y nos besamos. Repetimos el mismo episodio luego de más de quince años, pero esta vez el azar de una botella que gira no tuvo nada que ver.  ¿O si? ¿Tal vez la historia ya estaba escrita por ese beso? ¿Tal vez el destino lo había anunciado en ese cumpleaños y no nos dimos cuenta? ¿O tal vez fuimos en contra del destino y la suerte? Quién sabe…Le pregunté si recordaba ese cumpleaños, me contestó que no pero hizo memoria y luego con una risa le dio la bienvenida al recuerdo. Encontré una botellita que estaba tirada al lado del banco, me puse en frente de Clara, puse la botella en el piso y la hice girar; apuntó a cualquiera lado, entonces con mi mano modifiqué la dirección y volví a besar a Clara.  Luego seguimos hablando de su vida y de la mía, de Capital Federal, y de todo lo que se nos venía a la mente. El silencio que se daba en nuestra charla ya no era algo incómodo, es más, era reconfortante. Nos levantamos y la acompañé a tomarse el colectivo. Subió y yo (como en toda escena romántica) esperaba su saludo desde arriba, pero no ocurrió. Habíamos quedado en volver a vernos. Volví a Callao y Corrientes caminando a paso lento, sin mirar a la gente, ni escuchando a los autos, sólo recordando lo que hasta hace un momento era presente.

Antes de bajar a la boca del subte, escucho una voz que me parecía conocida. Era la voz del vendedor ambulante. Estaba de espaldas a mí tratando de venderle las medias a una señora que parecía espantada ante su forma de exponer el producto. La señora le dijo que no y aceleró su paso. En ese momento le toco la espalda, el vendedor sorprendido  se da vuelta y antes de que éste diga algo, lo miro, le sonrío y le digo: dame dos pares, por favor…



    
 




miércoles, 13 de junio de 2012

Estación Constitución


El reloj me avisa algo que mi mente ya se había enterado: hora de irse del trabajo. Apago la computadora, recojo mis cosas, saludo a los que quedan y me voy. Camino a paso rápido unas cuadras y cuando estoy por llegar a la parada del colectivo, veo que este va a llegar antes que yo; aplico ese ''nitro'' que poco abunda a las 18.30 horas en el cuerpo y con la lengua afuera (y gracias al semáforo en rojo) llego a la parada antes que el mastodonte de cuatro ruedas manejado por un mastodonte de bigotes.
A veces me pongo a pensar qué significa la vuelta del trabajo a la casa para las personas. Creo que mientras más lejos de tu hogar queda tu puesto de laburo más valor le das a esas ''horas perdidas''. En mi caso la vuelta es de aproximadamente dos horas. Hay gente afortunada que su retorno consta de menos de media hora y me animo a decir que a eso no se le puede llamar ''vuelta a casa'', no merece ser tener ese rótulo.
Una vez arriba del colectivo que me va a llevar a Constitución es fácil descubrir quién lo toma para volver a casa y quién para otros fines: la mirada es distinta, el movimiento del cuerpo, el tono de voz, la resignación, la poca paciencia, etc. Veo por el cuadro del bondi que la tarde se va acostando sobre el horizonte y poco a poco se va vistiendo de noche. El ''28'' llega a Constitución, toco el timbre y conmigo bajan varias personas.
 Constitución es una de las ovejas negras de la europea Capital Federal. Es el tío borracho, drogadicto y mujeriego de la familia hecha y derecha de apellido compuesto y perlas caras. Esta terminal va cambiando de forma  según la hora del día: a la mañana es presa del caos, de la velocidad, del reloj, de la puteada, de la tortilla caliente a cuatro pesos, del ruido,  de la vida y de las palomas; a la tarde tiene aroma a las largas filas de gente que esperan volver a su casa, a las golosinas baratas, a las calles mal cruzadas, a los borrachos que lloran penas ajenas y propias, al ‘’uno con veinte por favor’’, a  las prostitutas y travestis que compiten por el rating, a los pungas, al superpancho  con papas y coca, a los autos en cámara lenta, a los africanos que venden anillos y al retraso del tren; a la noche su figura se viste de miedo al miedo, se llena de ratas, se droga con poxiram, se convierte en un nene castigado por el pasado, por presente y por el futuro, pide monedas como un zombi-borracho ,  asoma la nariz sobre los árboles con olor a meo, manguea al igual que los policías corruptos, duerme bajo el autopista y le duele la panza por comer algo caliente… Constitución es eso y mucho más.  Ocupa un lugar en la vida de las personas que pasan por ella, pero tal vez nadie se da cuenta.  Constitución tiene dos hermanas: Retiro y Once;  poseen  el mismo color de ojos, la misma nariz, los mismos problemas, la misma mugre que meter bajo la alfombra...
Una vez sentado en el colectivo en viaje para Varela, desconecto mi mente y me desmayo por un rato largo.  No sé cuantos días pasan, ni cuantas primaveras, ni cuantos fines del mundo, pero cuando me despierto (todavía en viaje) tengo la sensación de que es otra vida y me cuesta entender  todo lo que me rodea. Ese proceso de negación a la realidad se va en cinco minutos. Arrastrándome llego  a tocar el timbre, desciendo y emprendo mi camino a pie. Piso las cuadras que quedan y cuando llego a mi casa me recibe mi perra con una sonrisa de par en par, mi gato con ganas de  jugar, mi vieja con un beso y una caricia, mi casa con la calma de siempre, mi papá con las noticias de Boca. Llego a mi cama, lanzo mi mochila y mi campera contra ella, desde la cocina se escucha: ‘’Adrian te hice supremas con puré’’, me miro al espejo y con una mueca de felicidad grito para mi interior: la pucha que vale la pena estar vivo...