El otoño regalaba un lunes con una fina
lluvia tiernamente molesta. Día húmedo y desgastante. Así se empezaban a
distribuir las piezas de ajedrez de la mañana. Yo era el rey. Ese rey torpe que
sólo se mueve de a un casillero por turno, al que le cuesta comer hasta a los peones y
que vive con la sombra del ‘’jaque mate’’ sobre la cabeza, con el puntito rojo
sobre la sien del mejor francotirador de la tierra. En cambio ella cada vez más
disfrutaba de su mote de ‘’reyna’’, de la libertad, de su pelo oscuro al
viento, de la lluvia débil que muere sobre su piel, del ir y venir entre los
alfiles, los caballos y las torres. Todavía me sigo preguntando si yo era un rey
o un peón al que la corona se le caía de la cabeza.
Habíamos acordado (como tantas otras veces)
encontrarnos en un bar en donde se confunden Callao y Corrientes. Llegué primero (como
nunca). Dudaba si esperarla dentro o fuera del bar. Dudé de todo. Abrí la
puerta, entré, me acerqué a la mesa y dudé otra vez. Las dudas se me caían de
los bolsillos, me brotaban de las orejas, me picaban como pulgas a un perro
vagabundo; era inexplicable e ilógico mi sentimiento: ya nos habíamos visto
muchas veces, me conocía de memoria su risa, su tic de acariciarse el pelo
cuando está nerviosa, sus frases creativas y también habría logrado cierta
simpatía con su inseparable y exótica cartera violeta. Entonces ¿Por qué me
sentía tan intranquilo?... Salí del bar. Pispié
el cielo de reojo y prendí un
cigarrillo. Miré el reloj, volví a ojear el firmamento y al bajar la mirada a
la calle mis ojos se perdieron entre los autos que iban en marcha lenta,
gritando, frenando y volviendo a avanzar; me hacían acordar a un reloj al cual
le cuesta horrores mover la aguja del segundero. El tiempo se había acoplado a
la humedad del día y pasaba de manera lenta y pegajosa… y Clara que no llegaba.
Pasaron diez minutos y el mundo seguía
igual desde que había salido del bar. Me iba impacientando, su bendita
costumbre de llevarse bien con los horarios prefijados iban sumando más agua al
balde de mis nervios. Calmé la ansiedad cambiando de foco mi atención: un
vendedor ambulante se distinguía entre la gente vendiendo medias de algodón; se
presentaba, hacía algunos gestos, sus ojos tristes (de antifaz o no) no coordinaban
con la risa pícara que trae consigo la calle. Lo observé un tiempo largo, había
logrado vender tres pares, y por dentro pensé que mi mirada le traía suerte. De
repente el vendedor se da cuenta que lo estoy mirando y se acerca hacía a mi ’’¿Señor,
quiere comprar dos pares de medias a diez pesos?’’, le hice el gesto negativo
con la cabeza pero él insistió, me dijo que las toque para que compruebe la
calidad; tuve que aceptar sin remedio. Pasó un minuto entre el ‘’tira y
afloje’’, entre el ‘’no gracias y el ¿está seguro?’’, entre mis negaciones y sus súplicas. Siempre me costó decirle que
‘’no’’ a la gente, desde chico nunca entendí el por qué de mi actitud que me
negaba a negar. Cuando estaba por ceder ante la presión del vendedor alguien
desde atrás me toca el hombro.
Fueron dos golpes tímidos, cariñosamente
tímidos. A pesar de que tenía una campera puede sentir los dedos de quien pedía
mi atención. Antes de darme vuelta para ver quién era, puede descubrir en la
cara del vendedor que esa persona era distinta. Me doy vuelta y era ella; su
pelo oscuro no llegaba por algunos centímetros a sus hombros, su cara de tez
extremadamente blanca y su nariz tallada por un Dios escultor era lo más
hermoso que rondaba por la zona de Balvanera a las diez de la mañana. Vestía
unos pantalones Oxford, una camisa escocesa y un saco oscuro, y sus pies
estaban protegidos por unos borcegos. Nunca había estado tan linda. La belleza
que la rodeaba ese día nunca la pudo repetir, fue para ella (en realidad para
mí, el observador y juez de esta apreciación) como lo fue ‘’Don Quijote’’ para
Cervantes, ‘’Cien años de soledad’’ para Garcia Marquez , la ‘’Insoportable
levedad del ser’’ para Kundera: una obra única e irrepetible. Me quedé tan
estupefacto que me olvidé del vendedor, solamente giré la cabeza y con ella
todo mi cuerpo.
-Hola. Perdón por el retraso- Dijo con una
sonrisa que la convertía en inimputable
hasta de un triple homicidio a plena luz del día.
-No te hagas problema. Me salvaste de
comprar un par de medias que no quería. (El vendedor se había ido en busca de
otros clientes). No sé si será el lunes, o el otoño, o mis ojos, o qué, pero
vos estás muy linda.- Lancé sin pensar sintiendo vergüenza ajena de mi nulo
control de las palabras.
- Gracias. Definitivamente esto de hacerte
esperar te convierte en más piropeador. ¿Qué hacemos?
-¿El mismo bar de siempre?- Respondí
preguntando y sintiendo el mismo molesto
pensamiento anterior ¡era más que obvio que ella quería hacer otra cosa!
-¿Te parece? Mejor caminemos…- Contestó
sutilmente
¿Qué me pasaba con Clara? Difícil de
explicar. Nos conocíamos desde la primaria. Hicimos juntos sexto grado en
horario de la tarde hasta que ella se cambió a la mañana y un año después de
Colegio. Nos volvimos a cruzar (ya
veinteañeros) en una fiesta de conocidos y a partir de ahí empezamos a tener
más contacto. Las casualidades que a veces presenta sospechosamente la vida nos
mostró que trabajamos cerca. Ambos a pocas cuadras del Congreso. Callao y
Corrientes era nuestra figurita repetida. Desde el primer momento del segundo
encuentro mi mente la trataba de otra manera. Ella era una mezcla de pasado y
presente. Clara fundía el tiempo y lo transformaba en aire, un aire que llenaba
mis pulmones y me confundía más y más. De chico estaba enamorado perdidamente
de ella .Cada vez que recuerdo ese beso que nos dimos jugando a la botellita en
un cumpleaños una comparsa de mariposas albinas invade e ilumina mi interior
pintado de oscuro. Es imposible que
pueda dividir, despegar, separar, el recuerdo de ella con su presente. Las dos
Claras me noquean.
Caminábamos sin rumbo, como línea invisible
tomamos Callao, cruzamos Av Córdoba y llegamos a una plaza. En esas cinco
cuadras, ella tomó las riendas de la conversación y yo sólo atinaba a
contestarle y prestarle atención. Nos reímos de una señora que tenía un tapado
chistoso y de un señor que cantaba cumbia en voz alta. Era una caminata
agradable. La notaba distinta a Clara, su forma de mirarme no era la misma que
siempre, había una luz invisible en sus ojos cuando se fijaban en mí, que me
hacía brotar un dejo confianza. Nos sentamos en un banco despintado.
Hablamos diez minutos más y nos besamos. Repetimos
el mismo episodio luego de más de quince años, pero esta vez el azar de una
botella que gira no tuvo nada que ver. ¿O
si? ¿Tal vez la historia ya estaba escrita por ese beso? ¿Tal vez el destino lo
había anunciado en ese cumpleaños y no nos dimos cuenta? ¿O tal vez fuimos en
contra del destino y la suerte? Quién sabe…Le pregunté si recordaba ese
cumpleaños, me contestó que no pero hizo memoria y luego con una risa le dio la
bienvenida al recuerdo. Encontré una botellita que estaba tirada al lado del
banco, me puse en frente de Clara, puse la botella en el piso y la hice girar;
apuntó a cualquiera lado, entonces con mi mano modifiqué la dirección y volví a
besar a Clara. Luego seguimos hablando
de su vida y de la mía, de Capital Federal, y de todo lo que se nos venía a la
mente. El silencio que se daba en nuestra charla ya no era algo incómodo, es
más, era reconfortante. Nos levantamos y la acompañé a tomarse el colectivo.
Subió y yo (como en toda escena romántica) esperaba su saludo desde arriba,
pero no ocurrió. Habíamos quedado en volver a vernos. Volví a Callao y
Corrientes caminando a paso lento, sin mirar a la gente, ni escuchando a los
autos, sólo recordando lo que hasta hace un momento era presente.
Antes de bajar a la boca del subte, escucho
una voz que me parecía conocida. Era la voz del vendedor ambulante. Estaba de
espaldas a mí tratando de venderle las medias a una señora que parecía
espantada ante su forma de exponer el producto. La señora le dijo que no y
aceleró su paso. En ese momento le toco la espalda, el vendedor sorprendido se da vuelta y antes de que éste diga algo, lo
miro, le sonrío y le digo: dame dos pares, por favor…

